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viernes, 7 de enero de 2022

Tres versiones rivales de la ética, recensión al libro de MacIntyre

Hace bastantes años escribí una recensión a este libro de Alasdair MacIntyre, filósofo 

escocés que en estos días cumple 93 años. Al releerla ahora, me parece que el libro conserva plenamente su interés, y por eso la transcribo.

 Entre tanto pensamiento valioso, destaco su afirmación de que no hay diálogo entre los que se dedican a las Humanidades o a las Ciencias Sociales, porque eso exige compartir un acuerdo mínimo, sobre qué es el hombre, qué es la verdad y cuáles son los criterios de racionalidad.

MACINTYRE, ALASDAIR,  Tres versiones rivales de la ética. Enciclopedia, Genealogía y Tradición. Madrid. Rialp, 1992.

Título original: Three Rival Versions of Moral Enquiry. Encyclopedia, Genealogy and Tradition. University of Notre Dame Press, 1990.

MacIntyre nació en Escocia el 12 de enero de 1929. Hizo un largo recorrido intelectual, como filósofo analítico, anarquista y marxista. Descubrió el aristotelismo y luego la síntesis tomista, a la que se adhirió con firmeza. El punto de inflexión se manifiesta en su libro After Virtue (1982), que tuvo enorme difusión. El libro que ahora comentamos refleja ya la madurez de su pensamiento tomista, y se ha constituido en una referencia obligada, no solo en temas de Filosofía moral, sino en cuestiones culturales amplias, y en temas educativos, como la misión de la universidad. Se recogen en esta obra diez conferencias pronunciadas por el autor en Edimburgo, y luego en la Universidad de Yale.


El punto de partida es una denuncia antiacadémica: no hay diálogo entre los que se dedican a las Humanidades o a las Ciencias Sociales, porque eso exige compartir un acuerdo mínimo, sobre qué es el hombre, qué es la verdad y cuáles son los criterios de racionalidad.

La explicación de cómo se ha llegado a esta situación está sintetizada en el origen y desarrolló de tres tradiciones de pensamiento contrapuestas y divergentes. El autor examina estas posiciones a través de tres obras paradigmáticas de fin del siglo XIX.

En primer lugar, la “Enciclopedia”, en su versión de la Novena Edición de la Enciclopedia Británica (1873). Es el resumen del mito del liberalismo ilustrado, con pretensión de objetividad y de una visión unificada de la ciencia bajo criterios de racionalidad, que deberían ser aceptables por cualquier persona ilustrada. A esta visión correspondió en la práctica la moral victoriana, y el residuo que llegó hasta nuestros días es la ética positivista, donde lo que cuentan son los hechos sociológicos, el consenso social.

En segundo lugar, la “Genealogía”, en la obra de Nietzche La Genealogía de la Moral (1887). Nietzche rastreó el origen de la moral puritana, desenmascarando las pasiones que detrás de ellas se ocultaban. En la misma operación, quiso destruir toda verdad y toda ética, desde Sócrates. Lo que ha quedado a través de los discípulos postnietzcheanos es el irracionalismo, o peor, el inconformismo radical comercializado.

Por último, el autor presenta en la Encíclica Aeterni Patris, de León XIII (1879), la síntesis que Santo Tomás realizó del aristotelismo y del agustinianismo. Denomina a esta postura como la “Tradición”, no en el sentido de tradicionalismo, sino como requisito del saber científico, que sólo se da en una comunidad de aprendizaje porque tiene mucho de “ars”, oficio que se aprende con la guía de un maestro y ejercitándose en las virtudes. La Suma Teológica, con su método narrativo propio, es un ejemplo de cómo esta tradición recoge los avances hechos hasta el momento y está abierta al perfeccionamiento futuro, sometiendo sus argumentos continuamente a prueba, a “falsabilidad” (Popper).

En sucesivos capítulos, el autor pone a prueba las tres versiones rivales, demostrando desde dentro de la Enciclopedia y de la Genealogía la inconsistencia de su propia argumentación. En cambio, la vigencia del tomismo queda reforzada, confrontando con esas dos posiciones. Puede aspirar a un saber unitario donde la Ética no sea una ciencia aislada, sino integrada en la Metafísica y articulada con los saberes humanísticos. El nuevo tomismo tiene por delante dos desafíos: redescubrirse a sí mismo como tradición viva, y adentrarse en las versiones rivales para integrar lo que sea rescatable. La comunidad de aprendizaje donde se cultiven tradiciones de pensamiento opuestas debe ser una universidad renovada, que institucionalice además el debate haciendo explícitos los desacuerdos.

Se trata de un libro inquietante, porque va al fondo de las cuestiones culturales presentes sin pretender el asentimiento de todos, y porque admite varias lecturas diferentes.

Una lectura posible es el desarrollo de la Historia de la Filosofía Moral, para descubrir cómo se podría estudiar hoy la Ética, porque la academia oficial la ha hecho inviable.

Otra lectura es la de la búsqueda de criterios de racionalidad en la Moral, con el mismo método de Santo Tomás, en una versión modernizada, examinando rigurosamente, desde dentro, los argumentos opuestos.

También podríamos leer en este libro una peculiar Historia de la Universidad. Cumplió su misión en París, en el Siglo XIII, cuando el aristotelismo y el agustinianismo desarrollaron su propio pensamiento, al mismo tiempo que lo confrontaban, permitiendo a Santo Tomás elaborar su síntesis. Desde entonces, la universidad nunca recuperó su condición de arena para el debate intelectual. Los voceros oficiales de la universidad actual no pueden dar razón profunda del sentido de la institución, ante las críticas externas. Le parece insuficiente la propuesta de Allan Bloom y de William Bennett, de volver a Los Grandes Libros, porque no responden a una única tradición cultural, sino a varias: los libros hay que leerlos tomando partido.

En el estilo de MacIntyre hay una implícita descalificación de los métodos académicos vigentes, evitando las demostraciones de destreza profesional para ir directamente a las cuestiones medulares.